Sólo era cuestión de tiempo. Tras catorce jornadas sin ganar, el Real Zaragoza ocupa uno de los puestos de descenso a Segunda División. Tan sólo la incompetencia de los rivales ha posibilitado que este momento llegara tan tarde. Las llamas del infierno queman y los jugadores saltan al césped atenazados por el miedo que les provoca saberse inferiores a un rival del que no importa su nombre. Un pánico que agarrota a los futbolistas de un equipo que se ha olvidado de ganar.
El fútbol moderno no entiende de paciencia y ante una racha así no se explica por qué no se ha contratado un revulsivo para el banquillo. Un nuevo entrenador de fuerte carácter capaz de insuflar positivismo en una plantilla alicaída. Otro Javier Aguirre o una copia de Manolo Jiménez. Un Joaquín Caparrós, que no puede, o un Bernardo Schuster, que no quiere, según El Periódico de Aragón.
El club ha querido frenar el debate en torno a la figura de Jiménez antes de visitar Balaídos. Lo intentó mediante 91 palabras publicadas en su página oficial. Un comunicado de ocho líneas en Word que no ha conseguido su propósito. Un intento de realizar un llamamiento a la calma asegurando que la cúpula ni siquiera se ha reunido a tratar el tema en cuestión. Algo, que de ser cierto, sería todavía más preocupante. Y es más, deja palpable que lo expuesto como confianza puede ser traducido por despido en apenas siete días. Un “digo esto pero estoy pensando en hacer lo contrario”, perfecto ejemplo del viaje a ninguna parte que emprendió el club gestionado por Agapito Iglesias.
El Real Zaragoza quiere hacer constar que el Consejo de Administración de la Sociedad no ha
puesto en ningún momento en tela de juicio el trabajo realizado por el entrenador del equipo,
Manuel Jiménez. En ese sentido, el Consejo de Administración no ha mantenido
ninguna reunión al respecto.
Asimismo, desde el Real Zaragoza se quiere dejar claro que en este momento
se mantiene toda la confianza en el cuerpo técnico y en la plantilla del equipo, que están
plenamente capacitados para salir de esta situación, como ya ocurriera
la pasada temporada.
De la ratificación al despido hay un paso. La fe en su trabajo, su papel como escudo, una economía maltrecha que no permite su cese o la imposibilidad de convencer a un sustituto ha dado a Jiménez más crédito del normal. El primer tramo de temporada me hace mantener cierta confianza en su capacidad para retomar la senda de la victoria. Y un triunfo, si es que llega pronto, dará alas a un equipo y a un público necesitados de un empujón anímico para despegar y volar juntos.
Aunque cada día la afición se pregunte si quedan motivos aún para acudir al estadio o sintonizar la retransmisión. Según los cálculos, tanto para Jiménez como para el equipo, quedan dos partidos de vida de un plan aparentemente suicida. Al final del barranco, superados los encuentros ante Celta y Mallorca, está el final de los días. El infierno del descenso o la suerte de haber encontrado un paracaídas. Más puntos y menos coreografías.

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