La ola de hartazgo ha vuelto a inundar las gradas de La Romareda. La humillante y dolorosa derrota ante el Betis, curiosamente el mismo día que Agapito Iglesias cumplía siete años al frente de la gestión del Real Zaragoza, es la última gota que la afición ha podido soportar bajo el paraguas de la resignación. Ya no cuelan más pasos atrás ni golpes de efecto, no se reza por milagros deportivos y, ni siquiera una improbable permanencia, calmará los ánimos de una masa social más unida que nunca con el fin de apartar del club al responsable de la peor etapa de la historia reciente del conjunto aragonés. Ya se le echó del palco. El futuro del Real Zaragoza pasa por sacar a Agapito Iglesias de la entidad.
Para conseguirlo se han recuperado medidas de antaño que no terminaron de lograr el objetivo deseado y que el parón estival llevó al olvido. No puede ocurrir lo mismo esta temporada. Las protestas que el sábado se van a llevar a cabo han de ser el punto de partida, nunca una reacción puntual, o volverán a resultar infructuosas.
Hasta ahora, Agapito Iglesias se ha mostrado imperturbable a las críticas, consciente de que la afición por sí sola no lo va a levantar de su sillón sombrío. Sin embargo, el zaragocismo ha de dar el primer paso y demostrar estar vivo y unido en busca de un futuro mejor. Sólo así podrá surgir una oferta económica seria y sólida que, junto a la presión social, convenza a Agapito Iglesias de vender su cortijo. Hay un precedente, la convocatoria celebrada la pasada temporada antes del encuentro frente al Getafe. Aquella tarde no sólo se congregaron aficionados sino que también antiguos futbolistas del club que deben acudir de nuevo a otra llamada de auxilio. Las cifras de aquella tarde de enero han de quedarse cortas el próximo sábado.
La Romareda no sólo acogerá un partido este fin de semana. El Real Zaragoza se juega frente al Atlético de Madrid la permanencia, pero antes, la afición disputará un encuentro en busca de la salvación del club. Una entidad cuya imagen ha sido enterrada, malvive embargada económicamente, agoniza sumida en un caos institucional, con unos resultados deportivos catastróficos y con una afición resignada a entonar el “Sí se puede” cada final de temporada. El cántico debe continuar vigente, pero no en busca de la permanencia sino de la salvación. Zaragoza nunca se rinde y ahora busca otro milagro: cerrar la etapa de Agapito Iglesias al frente de la gestión. Sí se puede ir.





