domingo, 15 de diciembre de 2013

Soberanía popular

El cliente siempre tiene la razón, reza uno de los axiomas más populares del capitalismo. Eludiendo los matices que se le puedan encontrar, alude a la obligatoriedad de aceptar cualquier tipo de queja, objeción o reclamos que el que adquiere un producto pueda tener. El aficionado al fútbol no sólo paga su abono, su entrada o unas consumiciones en el bar para poder ver el partido. También lo siente. Como dice el cántico pasarán años, jugadores, directivas, pero él siempre estará con su club y su camiseta. Por ello, la afición es soberana.

Un principio fundamental que en el Real Zaragoza se ha olvidado. Desde hace años, el máximo accionista viene demostrando su indeferencia a lo que pueda pensar la grada. Pero ahora su ejemplo ha llegado hasta el vestuario. Como si del propio Agapito Iglesias se tratara, Álvaro González se atrevió a pronunciar en la rueda de prensa posterior al partido del Córdoba una frase lapidaria: “Hasta hace bien poco, no sabía que se pitaba en el minuto 32”. Aseguró decirlo con total sinceridad, quedando retratado como un futbolista que, tras año y medio en la capital aragonesa, no sabe absolutamente nada del club para el que trabaja ni de la afición para la que juega.

Las palabras del central cántabro son consecuencia del gesto que abrió la caja de los truenos. No lo protagonizó un jugador más, sino el capitán del Real Zaragoza, el portador del brazalete, quien se giró al respetable para mandarle callar y recriminar sus silbidos en dicho minuto. Un gesto en caliente que podría haberse perdonado si se hubieran dado las explicaciones oportunas. Sin embargo, Leo Franco ha optado por el silencio, por lo que se deduce que no se arrepiente.

Tras la derrota en Sabadell, la Peña Zaragocista de Maluenda hizo público que Sergio Cidoncha se encaró con parte de la afición que mostró su enfado con los futbolistas a la salida de la Nova Creu Alta. Un recién llegado tomó el ejemplo de los más veteranos y fue más allá del límite.

Como si de la Ley Mordaza se tratara, desde el Real Zaragoza se pretende acallar cualquier conato de protesta. Desde el club se alude a que así sólo se consigue desconcentrar y presionar de más a los futbolistas. El entrenador zaragozano de la UD Las Palmas, Sergio Lobera, les ha enseñado esta semana a cómo se contesta a una afición crispada: “¿Qué me van a hacer, aplaudir? Es normal que el público pite, los resultados mandan. Nuestro trabajo es lo que debe hacer que estos pitos se conviertan en aplausos”. 

A los futbolistas del Real Zaragoza les queda la última oportunidad del año para lograr una reconversión que se intuye complicada. De los futbolistas depende convertir esos silbidos en aplausos. Todos menos los pitos del minuto 32. La grada manda y hay que escucharla, no pretender cambiarla.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Jugar a la ruleta rusa

La suerte está de cara. No hay otra forma de explicar los motivos por los que el Real Zaragoza ha acumulado tres triunfos consecutivos. No existen argumentos futbolísticos porque este equipo no transmite absolutamente nada positivo y sobrevive en los partidos gracias a los errores del rival, a paradas esporádicas de Leo Franco y a goles caídos del cielo.

Paco Herrera llegó a Zaragoza con la idea de dar protagonismo al balón, pero los reveses sufridos por el camino y la amenaza del cese le han obligado a romper su manual de estilo. La falta de calidad de la plantilla y su debilidad defensiva le han forzado a virar el rumbo por completo. Ahora el equipo sobrevive agazapado a la espera del ataque rival, defendiendo por acumulación y con un trivote incapaz de enlazar con los delanteros. El Real Zaragoza juega a la ruleta rusa con la esperanza de no dispararse en la sien. Ya lleva tres turnos en los que le ha sonreído la suerte, pero la bala espera en el cargador.

Lo importante es ganar, no hay nada más cierto que eso, pero también lo es que jugando de esta forma se está más cerca de la derrota que de la victoria. El conjunto blanquillo no ha merecido el triunfo en ninguno de estos tres encuentros. Los ha conseguido gracias a deméritos del rival y no por méritos propios.

Sobre el césped se refleja en lo que se ha convertido el equipo desde que es dirigido por Agapito Iglesias. Un club inmerso en el clandestino juego de apretar una y otra vez el gatillo mientras la afición se divide cada día más entre la protesta y la resignación. Mucho ha de cambiar el Real Zaragoza, tanto en el vestuario como en los despachos. Si eso no ocurre, la ruleta rusa acabará haciéndole pagar las consecuencias. 

lunes, 2 de diciembre de 2013

Cortinas de humo

Segunda victoria consecutiva. Seis puntos de seis posibles. Dos partidos seguidos sin encajar un gol y a una victoria de alcanzar los puestos de playoff de ascenso. Datos que en cualquier otra circunstancia podrían llegar a ilusionar y motivar a una afición deseosa de aferrarse a un clavo ardiendo que le haga creer que regresar a Primera División es posible. Un objetivo vital para esquivar al fantasma de la liquidación.

Paco Herrera creyó que el balón podría pacificar el ambiente, pero ni siquiera estas dos victorias contribuyen a suavizarlo. Un gol casual de Álvaro ante el Girona y los errores en ataque de la UD Las Palmas sirven al Real Zaragoza para ganar tiempo antes de que durante las fiestas navideñas se lleve a cabo la enésima revolución invernal. Con un entrenador ajusticiado y rumores de posibles despidos entre la plantilla, mucho tienen que cambiar las cosas para que no se produzca de nuevo. Desviar la atención con fuegos de artificio es el ejercicio favorito en el Real Zaragoza del último lustro.

Un club descabezado cuyo propietario continúa agazapado en la sombra mientras sus escudos repelen los ataques con cortinas de humo, necesariamente cada vez más denso, que le proporcionen tiempo para hacer y deshacer a su antojo. Echar al  entrenador de turno, fichar siete futbolistas en invierno, despedir a cinco, contratar un presidente o delegar sus poderes en un Manager General. Todo vale con tal de que los focos no apunten directamente a Agapito Iglesias.

Pero la forma más efectiva es dividir a la afición, algo que el constructor soriano sí lo ha conseguido. Se le pidió durante años que animara al equipo para no descender evitando caer en protestas que desconcentraran a los futbolistas, ahora se le reclama paciencia y apoyo para devolver a la máxima categoría y no presionar así a los jugadores. Rozando el esperpento, incluso se le animó a abonarse para así poder fichar un delantero en los últimos días de agosto. Lo más triste en el fondo de este agujero negro es el papel en el que se ve inmerso el zaragocismo, entre el hartazgo y el cansancio, en la encrucijada de qué hacer para cambiar las cosas. 

Pienso en aquella frase entre lágrimas de Alberto Zapater, “el Real Zaragoza será lo que su afición quiera que sea”, y a pesar de la buena voluntad del ejeano al pronunciarla no creo que sirva en estos tiempos. Es una gran cortina de humo, una persiana en llamas. Es a otros a quienes corresponde luchar por ascender y a otros sacar al actual máximo accionista de la entidad. Hasta entonces, el Real Zaragoza seguirá vagando por un desierto que parece no tener fin.