Durante el verano ya parecía un
lema poco acertado, pero tras los últimos acontecimientos y después de cuatro
partidos disputados, se corrobora que el “Volver a sonreír" puede concurrir,
con serias opciones de ganar, en el certamen de peores eslóganes de la historia
del fútbol. Una plantilla compuesta por
retales sólo ha sido capaz de marcar un gol en 360 minutos, sumar dos míseros
puntos en cuatro jornadas de Liga, perder ante un filial y caer en La Romareda ante el Lugo.
Así las cosas, el Real Zaragoza está a estas alturas de la película en puestos
de descenso a Segunda División B.
Nadie quiere saber nada de la Copa del Rey, competición
fetiche del zaragocismo que técnicos y dirigentes han hecho ver como un estorbo
en los últimos años. Este año más que nunca, en una Liga con 42 partidos, más
unos posibles playoff, y tras un
inicio horrible que llevó a Paco Herrera a sacar a relucir el ejemplo del
Racing de Santander. Un club histórico sumido en un caos institucional -allí la
clase política también metió la mano- convertido en cenizas y que sobrevive a
duras penas en la categoría de bronce del fútbol español. La única diferencia es que el máximo accionista de los cántabros, Ali
Syed, está en paradero desconocido y buscado por la INTERPOL. Agapito
Iglesias también está desaparecido en combate mientras su enésimo escudo le
sirve de parapeto, manejando los hilos desde la sombra y sin comparecer
públicamente desde la Junta
de Accionistas de diciembre de 2012. Sin embargo, de momento ningún organismo
judicial está en su busca.
Mientras tanto, Paco Herrera ya
se ha dado cuenta del lío en el que se ha metido. Se lo vaticiné a principios
de julio, pero el entrenador no se imaginaba que la situación del enfermo era
tan crítica. Sin embargo, a pesar de las
promesas incumplidas y las medias verdades, el técnico está empeñado en curar
al paciente. A su llegada, se mostró esperanzado en que el balón pacificara
el ambiente, pero nada más lejos de la realidad. Cada partido, cada pase
fallado, cada error defensivo es una puñalada más a un león indefenso. El
zaragocismo vive entre la vergüenza y la resignación mientras contempla la
etapa más dura en la historia de este club octogenario.
El partido del pasado domingo se
resume en las caras de los pocos aficionados que acudieron a La Romareda , alrededor de
10.000, una muestra más de la apatía y la división existente entre el club y la
afición. En esas expresiones y en el gol marrado por Cidoncha sin portero. Un fallo clamoroso más que guardar en el pen drive de las jugadas y situaciones
esperpénticas de los últimos años. Junto al tobillazo de Cidoncha está la presentación con piscinazo de Marco Pérez y su posterior despeje en el debut ante el Deportivo de La Coruña , los regates de
Pablo Barrera, las rupturas de fuera de juego y asistencias de Efraín Juárez,
los calambres de David Mateos en cada minuto 75, el saludo de Guirane Ndaw aIniesta en mitad de un partido en el Camp Nou, Sinama Pongolle mandando callar
a la afición, Apoño y sus cosas de familia, el transfer de Juan Carlos y un sinfín más de archivos que podrían
llenar un disco duro y que provocan que se te escape una leve sonrisa.
Es la sonrisa de la
Mona Lisa , aquella que pintó Leonardo de
Vinci y que sólo ves cuando la vista no se fija en el centro del cuadro,
desapareciendo si la miras directamente. Esa
es la única forma que tiene el zaragocismo de sonreír, obviando lo cerca que
está el enfermo de ser enterrado y lo preocupante de la situación, deteniéndose
en escenas cómicas que han adornado la etapa más negra del Real Zaragoza.
Dicen que Napoleón tuvo colgada
en su baño la obra de Da Vinci. El propietario soriano va más allá. Llevó al
mismo sitio su obra de arte para colgarla y admirarla cada mañana, pero se le
fue de las manos, cayó al retrete y se dispone a tirar de la cisterna. Si se le
permite, desaparece.

